O sobre el poder formador de la mujer

por Estela y Susana Pereira Duarte

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Aldous Huxley nos explica en su ensayo “El fin y los medios” que las sociedades humanas se diferencian, entre otras características, por la forma que dan a su sexualidad. Así describe las sociedades zooístas como las que viven en plenitud su naturaleza instintiva, y son mucho más parecidas en sus actos y emociones a los animales que los “civilizados” y sofisticados ciudadanos del siglo XXI.

Estas sociedades se mantienen en un estadio primitivo en parte por el mismo uso que dan a sus energías sexuales, pues una elaboración de las mismas les permitiría reflexionarse y reelaborarse y ascender en la escala evolutiva.

Que las energías sexuales pueden transformarse es un concepto que también conocen los que actualmente diseñan el mundo, y se ve como se impone desde la pantalla de televisión un modelo que tiende a mantener un bajo nivel de energías en aquéllos que elijan seguirlo. La sexualidad femenina es ahora tan manipulada como lo fue hasta hace un siglo... el criterio antiguo para dominar a la mujer era que “si era buena” no podía gozar de su sexo, el criterio actual es que “si es moderna, realizada” el manejo de su sexualidad debe ser idéntico al del varón.

La pasividad de la mujer, un supuesto de la cultura machista[1], se asemeja al pie de la mujer china que era vendado y comprimido para satisfacer criterios de estética, y que la invalidaba para moverse como hubiera podido hacerlo si su naturaleza no hubiera sido deformada, así ocurre con la expresión de lo femenino en nuestra cultura. La mujer está tan lejos de la pasividad como lo está el varón, aunque su actividad se manifieste en forma más receptiva. Las mujeres que son pasivas... lo son porque se fueron… abandonando su cuerpo en el escenario donde la vida las obliga a estar, viven en quién sabe qué región de sueños.

 La situación del mundo actual nos hablaría de un fracaso moral de toda la humanidad, y este fracaso tiene su génesis en la impotencia relativa de la mujer para recrear la vida que trae al mundo. El poder creador de la mujer, disminuido por la cultura machista, se manifiesta sobre todo en el plano de las almas (de los sentimientos y las emociones), lo cual la capacita para el modelado de las mismas[2], y puede recrearlas cuando las vidas son tiernas, pues el poder que la mujer tiene sobre sus hijos es el del artista creador sobre sus obras; más adelante la personalidad se endurece y crea corazas y defensas, pues la personalidad es una resistencia que se debe vencer para llegar al alma.

La Vida misma es una gran artista, pero lenta y paciente pues su concepto del tiempo no tiene escala humana sino Divina, y trabajará con una vida hasta millones de años para lograrla perfecta. Las madres creativas recrean a sus hijos y reciben inspiración de Dios o del Cielo, ellas pueden hacer avanzar a un alma lo que no lograrían muchas vidas. Aquél que tiene la fortuna de que una mujer de éstas lo ame con amor maternal puede adquirir su perfección con alegría pues los niños son arcilla blanda para tales manos de artista que la modelarán con ternura. Estas almas son bendecidas por Dios al llegar como hijos de tal madre.

 

 

 

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[1]  ¿Hace falta aclarar que probaremos distintos sabores en el camino… viviendo en diferentes culturas, razas, sexos y condiciones sociales… verificando en carne propia la máxima «no hagas al otro lo que no quieras que te hagan a ti»?...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[2]  Lejos de nosotras la intención de limitar con esto a la mujer… ya que son muchas las que vienen a desempeñar una tarea diferente a la de la maternidad. Y tampoco menospreciar la capacidad del varón de educar a sus hijos… Nadie conoce qué es lo genuinamente masculino ni lo genuinamente femenino pues todo está conformado por la cultura… que ya sabemos no es la ideal, ni aquí ni en ningún lugar del mundo; y la raza humana deberá seguir en su camino investigando para conocer cual es su verdadera naturaleza, aquélla que Dios le dio en el Origen.